Las dragonas de El Pardo

La crónica social de los años sesenta era una opereta de bodas, bautizos y comuniones con la omnipresencia de la familia Franco y arrimados varios. Recuerdos de nietísimas y poca chicha en la prensa rosa franquista 

MARUJA TORRES 

Uno de los descubrimientos más patéticos que nos deparó la apertura que siguió a la muerte del dictador fue la comprobación de que el Versalles del franquismo, aquel palacio de El Pardo en cuya capilla se venían celebrando bodorrios y bautizos de la estirpe que se creía eterna por la gracia de Dios, no era más que un diminuto edificio dividido en habitaciones menudas; un Liliput del gótico sanguinario o casa de muñecas infernales. Tanto dolor, emanado durante tantos años desde lugar tan insignificante y, sobre todo, ridículo. Unos quince años más tarde, cuando el amigo de Franco (y, como él, adicto a las recetas pro longevidad de la rumana doctora Aslan), general Stroessner, cayó en Paraguay, pude comprobar que algo más les unía: el palacio gubernamental de Asunción, aunque en otro estilo (un pastelillo blanco estilo colonial con soldaditos de chocolate practicando el cambio de guardia), era también una muestra del maligno enanismo que algunos dictadores provincianos cultivan. 
 

El general Franco, en los
jardines de El Pardo, con su
esposa y sus cuatro nietas.

La prensa del corazón de la época tenía en El Pardo su Montecarlo y su Buckingham Palace. Claro, que los Franco, y sobre todo las Cármenes, no eran ni los Grimaldi ni los Windsor. Pero era lo que había. Durante los años en que trabajé en Garbo bajo la dirección de María Fernanda Gañán de Nadal aprendí muchas cosas útiles: a trabajar sin desmayo, a distinguir entre dinastías y a clasificar cortesanas y pisaverdes según su procedencia y trayectoria; a conocer el peso en diamantes del entonces Aga Jan y a esperar, con una mezcla de angustia y excitación, a que en la capilla pardesca se celebraran los sucesivos enlaces matrimoniales de las nietísimas. 

Angustia, porque esos días se trabajaba las veinticuatro horas para salir con las inevitables páginas especiales cuyos textos requerían tal cantidad de adjetivos y metáforas que resultaban un desafío para cualquiera que pretendiera cultivar un estilo periodístico algo directo. Excitación porque, invariablemente, la directora convidaba a su staff de guardia a cenar en el restaurante Quo Vadis, uno de los mejores de Barcelona. 

Carmen Polo y su hija, Carmen Franco (que alardeaba de que en la capilla de El Pardo iban a celebrarse los eventos familiares por los siglos de los siglos), habían impuesto un estilo. Entre la rumorología no publicable figuraba una anécdota sabrosa: la primera había quedado tan turbada por la impresión que la legendaria Eva Perón, Evita, causó en el caudillo cuando visitó España para vendernos trigo, que desde entonces constituyó para ella, y también para su hija, una cuestión de honor competir e incluso vencer en próximas ocasiones a los equipos visitantes, cualesquiera que fueran los dones físicos de que sus componentes femeninos pudieran alardear. El listón se puso radicalmente alto cuando la todavía emperatriz de Irán, la legendaria Soraya de singular belleza, se dio un paseo por estas tierras. ¿Cómo competir con semejante camafeo? Los de la prensa del corazón estaban en ascuas: hasta que la astucia de las Franco/Polo se mostró en todo su esplendor. Descubrieron que Soraya tenía un defecto: las piernas torcidas. Y, orgullosas de sus más que presentables extremidades inferiores, tomaron la drástica decisión de recibirla luciéndolas bajo faldas que apenas les cubrían las rodillas. Fue todo un hito, como comprenderán. 

Cuando ingresé en la prensa del corazón, semejantes anécdotas formaban parte del pasado. Dos eran los asuntos candentes que mantenían atareadas a las damas de El Pardo. De un lado, la posibilidad de que Carmen Tercera, la nieta favorita, llegara algún día a reinar en este país mediante casorio con Alfonso de Borbón, primo de nuestro actual monarca; esperanza vana, como sabemos. La otra aspiración de las señoras se reveló más factible: que el marqués de Villaverde, de profesión matasanos armado caballero en cirugía, emulara las glorias del doctor Christian Barnard, pionero de los trasplantes de corazón, que en la Suráfrica del apartheid había cumplido la hazaña de colocar el órgano prescindible de un negro muerto en el cuerpo desahuciado de un blanco vivo. Martínez-Bordiú se trajo a Barnard a hacer esquí acuático en uno de los pantanos inaugurados por su suegro y recibió unas lecciones rápidas. Como controlaba la Seguridad Social, tardamos mucho tiempo en enterarnos de lo que sucedía realmente en aquellos quirófanos. 

Era una España de folclóricas y toreros; de aristócratas afines y funciones de beneficencia; de demostraciones sindicales y glamour bajo palio. De cacerías: algunas limitadas al ciervo y la perdiz, y otras mucho más siniestras. Pero todo tenía un rasgo en común: la verdad brillaba por su ausencia. 

Recuerdo perfectamente el día en que Alfonso Sobrado Palomares y Heriberto Quesada, que entonces tenían una agencia de prensa, llegaron a la redacción de Garbo con un estupendo reportaje gráfico de Gigi Corbetta que mostraba al diestro más popular, Luis Miguel Dominguín, frecuentador de las cacerías franquistas, haciéndose arrumacos con su sobrina carnal, la buena persona y, hoy, difunta Mariví. Ella en biquini, él en bañador. Lo publicamos, claro. Estábamos a finales de los sesenta, en Francia había ocurrido una cosa llamada Mayo, los chicos empezaban a llevar el pelo largo y las chicas habían recortado sus faldas mucho más que las Franco en su estrategia anti-Soraya. ¿A quién podían molestarle las efusiones amorosas de uno de los toreros favoritos de la corte con su sobrina, casada con otro por más señas? Obviamente, calculamos mal. La por entonces primera dama de por vida intervino. La revista fue clausurada durante unos meses, los autores del reportaje, la arriba firmante y la directora, procesados; junto con los pecadores, desde luego. Cuando se celebró el juicio, años más tarde, la pareja fue absuelta y al resto de la banda se nos acusó de haber hecho pasar por idilio lo que no fue más que una inocente meriendilla entre parientes que se metían mano. 

Junto a estos y otros entretenimientos, continuaron las insufribles fiestas de puesta de largo de las incontables nietas maryalgo, sus bodas y los bautizos de los hijos resultantes, con las correspondientes fotografías del dictador meciendo al nuevo bebé. Crecían y se multiplicaban. Aquello parecía no tener fin. 

Claro, que otras distracciones aliviaban la monotonía parda. Católicas también, pero distracciones al fin: habíamos colocado a una filosanta en el trono de Bélgica, Fabiola, cuya unión con Balduino había resultado estéril. No saben ustedes lo que daba de sí, en aquel tiempo, una esterilidad real. Por otro lado, Grace Kelly también se había calzado la peineta para convertirse en la serenísima princesa Gracia Patricia de los Casinos de Mónaco, y Jacqueline Bouvier Kennedy era la primera esposa de presidente católico, católica a su vez, que ocupaba la Casa Blanca. Aquello, más que prensa del corazón, era una orgía de mantillas de blonda. 

Hace poco menos de un año volví a cenar en el Quo Vadis. Ocurrió después de la presentación en Barcelona de la última novela de Juan Luis Cebrián, La agonía del dragón, que trata precisamente del principio del fin de todo aquello. A mi alrededor había políticos y periodistas formados para la democracia. En el Quo Vadis se seguía cenando muy bien, pero ninguno de los contertulios sabíamos que Carmen Martínez-Bordiú Franco, la nietísima, estaba preparando, a su vez, un libro de consejos para mujeres maduras en el que, de pasada, contaba ternuras de su infancia con el abuelito. Como advierte el propio Cebrián en su obra, los dragones no mueren: están dormidos y pueden despertar de su letargo a la que nos descuidemos. 

Las dragonas de El Pardo ni siquiera necesitan echarse a dormir. Se adaptan. 

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