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«Pobres muchachas», suspiró. «Lo que tienen que hacer para vivir es peor que trabajar».
Así se mantuvo hasta la medianoche, cuando me cansé de leer con el temblor insoportable y las luces mezquinas del corredor, y me senté a fumar a su lado, tratando de salir a flote de las arenas movedizas del condado de Yoknapatawpha. Yo había desertado de la universidad un año antes, con la ilusión temeraria de vivir del periodismo y la literatura sin necesidad de aprenderlos, animado por una frase que creo haber leído en Bernard Shaw: «Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela». No me sentí animado a discutirlo con nadie, porque sentía, sin poder explicarlo, que mis razones sólo podían ser válidas para mí mismo.
Tratar de convencer a mis padres de semejante locura cuando habían fundado en mí tantas esperanzas y habían gastado tantos dineros que no tenían era tiempo perdido. Sobre todo a mi padre, que me habría perdonado lo que fuera, menos que no colgara en la pared cualquier diploma académico que él no pudo tener. La comunicación se interrumpió. Casi un año después seguía pensando en visitarlo para darle mis razones, cuando mi madre apareció para pedirme que la acompañara a vender la casa. Sin embargo, ella no hizo ninguna mención del asunto hasta después de la medianoche en la lancha, cuando sentí como una revelación sobrenatural que había encontrado por fin la ocasión propicia para decirme lo que sin duda era el motivo real de su venida, y empezó con el modo y el tono y las palabras milimétricas que debió madurar en la soledad de sus insomnios desde mucho antes de emprender el viaje.
«Tu papá está muy triste», me dijo.
Ahí estaba, pues, el infierno tan temido. Empezaba como siempre, cuando menos se esperaba, y con una voz sedante que no había de alterarse ante nada. Sólo por cumplir con el ritual, pues conocía de sobra la respuesta, le pregunté:
«¿Y eso por qué?».
«Porque dejaste los estudios».
«No los dejé», le dije. «Sólo cambié de carrera».
La idea de una discusión a fondo le levantó el ánimo. «Tu papá dice que es lo mismo», dijo. A sabiendas de que era falso, le dije: «También él dejó de estudiar para tocar el violín». «No fue igual», replicó ella, con una gran vivacidad. «El violín lo tocaba sólo en fiestas y serenatas. Si dejó sus estudios fue porque materialmente no tenía con qué comer. Pero en menos de un mes aprendió telegrafía, que entonces era una profesión muy buena, sobre todo en Cataca».
«Yo también vivo de escribir en los periódicos», le mentí.
«Eso lo dices para no mortificarme», dijo ella. «Pero la mala situación se te nota de lejos. Cómo será, que cuando te vi en la librería no te reconocí».
«Yo tampoco la reconocí a usted», le dije.
«Pero no por lo mismo», dijo ella. «Yo pensé que eras un limosnero». Me miró las sandalias gastadas, y agregó: «Y sin medias».
«Es más cómodo», le dije. «Dos camisas y dos calzoncillos: uno puesto y otro secándose. ¿Qué más se necesita?».
«Un poquito de dignidad», dijo ella. Pero debió decirlo sin pensarlo, pues enseguida lo suavizó en otro tono: «Te lo digo por lo mucho que te queremos».
«Ya lo sé», le dije. «Pero dígame una cosa: ¿usted en mi lugar no haría lo mismo?».
«No lo haría», dijo ella, «si con eso contrariara a mis padres».
Acordándome de la tenacidad con que logró forzar la oposición de sus padres para casarse, le dije riéndome: «Atrévase a mirarme». Pero ella me esquivó con seriedad, porque sabía demasiado lo que yo estaba pensando.
«No me casé mientras no tuve la bendición de mis padres», dijo. «A la fuerza, de acuerdo, pero la tuve».
Interrumpió la discusión, no porque mis argumentos la hubieran vencido, sino porque quería ir al retrete y desconfiaba de sus condiciones higiénicas. Hablé con el contramaestre por si había un lugar más saludable, pero éste me explicó que él mismo usaba el retrete común. Y concluyó, como si acabara de leer a Conrad: «En el mar todos somos iguales». Así que mi madre se sometió a la ley de todos. Cuando salió, al contrario de lo que yo temía, apenas si lograba dominar la risa.
«Imagínate», me dijo. «¿Qué va a pensar tu papá si regreso con una enfermedad de la mala vida?».
Pasada la medianoche tuvimos un retraso de tres horas, pues los tapones de taruya del caño embotaron las hélices, el piloto perdió el control, la lancha encalló en un manglar y muchos pasajeros tuvieron que jalarla desde las orillas con las cabuyas de las hamacas. El calor y los zancudos se hicieron insoportables, pero mi madre los sorteó con unas ráfagas de sueños instantáneos e intermitentes, ya célebres en la familia, que le permitían descansar sin perder el hilo de la conversación. Cuando se reanudó el viaje y entró la brisa fresca, se despabiló por completo.
«De todos modos», suspiró, «alguna respuesta tengo que llevarle a tu papá».
«Mejor no se preocupe», le dije con la misma inocencia. «En diciembre iré, y entonces le explicaré todo».
«Faltan diez meses», dijo ella.
«A fin de cuentas, este año ya no se puede arreglar nada en la universidad», le dije.
«¿Prometes en serio que irás?».
«Lo prometo».
Por primera vez vislumbré una cierta ansiedad en su voz:
«¿Puedo decirle a tu papá que vas a decirle que sí?».
«No», le repliqué de un tajo. «Eso no».
Era evidente que buscaba otra salida. Pero no se la di.
«Entonces es mejor que le diga de una vez toda la verdad», dijo ella. «Así no parecerá un engaño».
«Bueno», le dije. «Dígasela».
Quedamos en eso, y alguien que no la conociera bien habría pensado que ahí terminaba todo, pero yo sabía que era una tregua para cargar energías. Poco después se durmió a fondo. Una brisa tenue espantó los zancudos y saturó el aire nuevo con un olor de flores. La lancha adquirió entonces la esbeltez de un velero.
Estábamos en la Ciénaga Grande, otro de los mitos de mi infancia. La había navegado varias veces, cuando mi abuelo el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía me llevaba de Aracataca a Barranquilla para visitar a mis padres. «A la Ciénaga no hay que tenerle miedo, pero sí respeto», me había dicho él, hablando de los humores imprevisibles de sus aguas, que lo mismo se comportaban como un estanque que como un océano indómito. En la estación de lluvias estaba a merced de las tormentas de la sierra. Desde diciembre hasta abril, cuando el tiempo debía ser manso, los alisios la embestían con tales ímpetus, que cada noche era una aventura. Mi abuela materna, Tranquilina Iguarán, no se arriesgaba a la travesía sino en casos de urgencia mayor, después de un viaje de espantos en que tuvieron que buscar refugio hasta el amanecer en la desembocadura de un río.
Aquella noche, por fortuna, era un remanso. Desde las ventanas de proa, donde salí a respirar poco antes del amanecer, las luces de los botes de pesca flotaban como estrellas en el agua. Eran incontables, y los pescadores invisibles conversaban como en una visita, pues las voces tenían una resonancia espectral en el ámbito de la madrugada. Acodado en la barandilla, tratando de adivinar el perfil de la sierra, me sorprendió de pronto el primer zarpazo de la nostalgia.
En otra madrugada como ésa, mientras atravesábamos la Ciénaga Grande, mi abuelo me había dejado dormido, y se fue a la cantina. No sé qué hora sería cuando me despertó una bullaranga de mucha gente a través del zumbido del ventilador oxidado y el traqueteo de las latas del camarote. Yo no debía tener más de cinco años, y sentí un gran susto, pero muy pronto se restableció la calma y pensé que podía ser un sueño. Por la mañana, ya en el embarcadero de Ciénaga, mi abuelo estaba afeitándose a navaja con la puerta abierta y con el espejo colgado en el marco. El recuerdo es preciso: no se había puesto todavía la camisa, pero tenía sobre la camiseta sus eternos cargadores elásticos, anchos y con rayas verdes. Mientras se afeitaba, seguía conversando con un hombre que todavía hoy podría reconocer a primera vista. Tenía un perfil de cordero, inconfundible; un tatuaje de marinero en la mano derecha, y llevaba colgadas del cuello varias cadenas de oro, en ambas muñecas. Yo acababa de vestirme y estaba sentado en la cama poniéndome las botas, cuando el hombre le dijo a mi abuelo:
«No lo dude, coronel. Lo que querían con usted era echarlo al agua».
Mi abuelo sonrió sin dejar de afeitarse, y con una altivez muy suya, replicó:
«Más les valió no atreverse».
Sólo entonces entendí el escándalo de la noche anterior y me sentí muy impresionado con la idea de que alguien hubiera echado al abuelo en la ciénaga. Tanto, que ahora lo evoco con todos sus detalles visuales, y lo veo levantado en hombros de la muchedumbre, manteado como Sancho Panza por los arrieros, y tirado por la borda. Pero en su momento se me borró por completo de la memoria, hasta veinte años después, cuando me volvió de golpe y sin ningún motivo, exacto y nítido, mientras almorzaba con mi tío Esteban Carrillo en una fonda de Riohacha, por la época en que me fui a vender enciclopedias y tratados de medicina por los pueblos de la Guajira. Para entonces el abuelo había muerto, y le conté el recuerdo al tío Esteban porque me pareció divertido. Pero él se levantó de un salto, furioso porque no se lo hubiera contado a nadie tan pronto como ocurrió, y también ansioso de que lograra identificar al hombre en la memoria, para que éste le dijera quiénes eran los que habían tratado de ahogar a su padre. Tampoco entendía que éste no se hubiese defendido, si era un buen tirador que casi siempre andaba armado, que dormía con el revólver debajo de la almohada, que durante dos guerras civiles había estado muchas veces en la línea de fuego, y que ya en tiempos de paz había matado a un agresor en defensa propia. En todo caso, me dijo Esteban, nunca sería tarde para que él y sus numerosos hermanos castigaran la agresión. Era la ley guajira: el agravio a un miembro de la familia tenían que pagarlo todos los varones de la familia del agresor. Tan decidido estaba mi tío Esteban, que sacó el revólver de debajo de la almohada y lo puso en la mesa para no perder tiempo mientras acababa de interrogarme. Desde entonces, cada vez que nos encontrábamos en nuestras errancias por la costa caribe, le renacía la esperanza de que me hubiera acordado. Una noche se presentó en mi cubículo del periódico, por la época en que yo andaba escudriñando el pasado de la familia para una primera novela que nunca terminé, y me propuso que hiciéramos juntos una investigación del atentado. Nunca se rindió. La última vez que lo vi en Cartagena de Indias, ya viejo y con el corazón agrietado, se despidió de mí con una sonrisa triste:
"No sé cómo has podido ser escritor con una memoria tan mala".
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