El País Digital
Lunes
7 abril
1997 - Nº 339

El imparable ascenso de la antipolítica en Colombia

El alcalde de Bogotá aspira a presidir Colombia a base de romper esquemas

PILAR LOZANO , Bogotá
Para unos no pasa de ser un payaso. Para otros es el Fujimori colombiano, y otros, sin compararlo con nadie, piensan que este personaje, al que le sobra genialidad, es la figura perfecta para sacar a Colombia del caos en que está sumida. Es Antanas Mockus, filósofo, matemático, de origen lituano, y el más original de los alcaldes que ha tenido Colombia. Tiene 44 años y no es descabellado pensar que podría ser el próximo presidente. El sábado dejó el segundo cargo político más importante del país -la alcaldía de Bogotá- para pasar a ser uno más en la lista de los que pretenden dar la pelea en las urnas, en mayo del año próximo, en las elecciones que definirán quién dirigirá este caótico país de 37 millones de habitantes hacia el siglo XXI.

Hasta su renuncia fue original. Su breve carta, sólo cuatro líneas, la presentó en acetato «porque la lámina es sinónimo de transparencia», como explicó a los periodistas. Luego la colocó en un sobre tamaño folio y se dedicó a perseguir al presidente, Ernesto Samper, para entregárselo personalmente.

Curiosamente, las mismas encuestas que le señalan como mal alcalde le colocan en los primeros renglones en la lista de presidenciales. El último sondeo lo ubica sólo a cuatro puntos del puntero, el fiscal Alfonso Valdivieso. «Puede que no sepa gobernar», comentan en la calle, «pero no roba». Y esto, en un país ahogado por la corrupción de su clase dirigente, es su mejor carta de presentación.

«Su prestigio», dicen los analistas, «está en su personalidad, no en su gestión como alcalde». A esto se le suma su nítida imagen de antipolítico. Es el único que no pertenece, o ha pertenecido, a alguno de los dos partidos tradicionales, el único -aunque los demás se muestren como candidatos suprapartidistas- que garantiza el rompimiento con las viejas y corruptas costumbres políticas.

Al día siguiente de anunciar su intención de lanzarse a la presidencia, la caricatura más comentada fue una que lo muestra dando la espalda, con los pantalones abajo y las nalgas al aire. La leyenda es «Mockus, el único candidato que ha demostrado que no tiene rabo de paja». La caricatura hace referencia a la anéctoda que hizo famoso a Mockus y le catapultó a nivel nacional. Ocurrió hace años, cuando era rector de la universidad pública más grande del país, la Nacional de Bogotá. En una protesta estudiantil, cuando se acabaron las palabras, dio la espalda a los estudiantes y realizó su histórico destape. Luego se retiró.

En la alcaldía continuó con sus excentricidades. En la mitad de su oficina cuelga una inmensa zanahoria, símbolo de su gestión. Se vistió de Superman para enseñar a la ciudadanía a ser «supercívica»; se casó en un circo: ingresó montando en elefante y dio el sí rodeado por siete tigres. Y no duda en mostrarse ante la prensa lavando platos o tirando de la cadena del baño para alentar a los bogotanos a ahorrar agua.

A la alcaldía llegó sin campaña, sin partido ni fórmula. Su carrera a la presidencia también será sui géneris. Piensa recorrer el país en bicicleta, donde la geografía se lo permita, y en lugar de falsas promesas se dedicará a «sembrar enseñanzas». «Voy a traducir mi fastidio por las campañas transformándolas en un proceso pedagógico», dijo hace poco en una reunión con la prensa extranjera. Su enseñanza principal será la unidad de la sociedad. Y en la presidencia continuará con sus métodos pedagógicos. A través de símbolos, como es su costumbre, piensa reconstruir la confianza de los ciudadanos en el Estado y entre los ciudadanos. «Creo que si logro restablecer la confianza entre unos y otros, y bajar la tasa de homicidios, podré hablar de un Gobierno adecuado», contesta cuando se le pregunta sobre las metas de su Gobierno. Para él, el problema de Colombia -en letras bien grandes- es la violencia.

Y nadie duda de que, aunque es un maestro en temas de conciliación y aunque entre sus palabras favoritas estén diálogo y convivencia, aplicará también la mano dura. En Bogotá ya lo hizo. Mandó a la cama a todos a la una de la mañana, hora en que se cierran todos los establecimientos de diversión. Nada ni nadie lo hizo cambiar de opinión. Lo mismo ocurrió con su medida de Navidad sin pólvora, que ha mantenido hasta el extremo de aplicarla a un grupo de teatro español que tenía planeado presentar una obra llena de juegos pirotécnicos en la plaza central de la capital. Los que tuvieron que ceder fueron los teatreros e improvisar un nuevo espectáculo.

Aún no se sabe si optará por el plan A o por el plan B: apuntar a la presidencia o a la vicepresidencia como coequipero. Pero quienes le conocen de cerca y detectan en él bastante vanidad, dicen que sin duda apuntará a lo primero. «Amanecerá y veremos; es lo único que se puede decir ante un hombre absolutamente indefinible e impredecible como Antanas Mockus».

© Copyright DIARIO EL PAIS, S.A. - Miguel Yuste 40, 28037 Madrid