Sábado 15 abril 2000 - Nº 1443 |
INTERNACIONAL
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El Gobierno castrista ha dirigido astutamente el proceso desde el pasado 5 de diciembre JUAN JESÚS AZNÁREZ / MAURICIO VICENT, La
Habana
"¡Qué brutos, no saben lo que han hecho, nos han unido
para siempre", reaccionó el poeta católico Cintio Vitier.
La sociedad cubana dista de haberse unido para siempre, y conviven en su
seno revolucionarios convencidos, revolucionarios que simulan serlo, contrarrevolucionarios,
y cubanos que guardan cola frente a la Sección de Intereses de Estados
Unidos, o la embajada española, para obtener visados de entrada.
La mayoría, sin embargo, agota sus energías luchando a brazo
partido contra las penurias domésticas, pero es receptiva al drama
de los González, la nueva divisa revolucionaria. "A mí me
gusta el capitalismo y no esto que tenemos, pero hay que reconocer que
Fidel tiene cojones para enfrentarse a Estados Unidos", piropea Dámaso,
de 35 años, de profesión sus chapuzas.
Propaganda sin tregua
El bardo Vitier acierta cuando destaca que el grueso de los compatriotas
del niño rescatado en aguas del estrecho de La Florida apoya su
repatriación y las reclamaciones del Gobierno, y la causa ganó
adeptos pese a la fatiga y el desinterés causados por una propaganda
sin tregua. El criterio más generalizado es que el padre debió
haber viajado mucho antes a Estados Unidos. "¿Por qué no
lo hizo antes?", se preguntan muchos. El riesgo a que se quedara, a que
aceptara ofertas multimillonarias y propinase un golpe demoledor al régimen,
es una de las respuestas. "No se sabe qué le pudieron prometer al
padre", destacó Susan Eckstein, profesora de sociología de
la Universidad de Boston. No parece aventurado afirmar que si Juan Miguel
González consideró alguna vez irse a Estados Unidos, ahora
se siente comprometido con Castro, con su numerosa familia en Cuba y con
los millones que hicieron de su hijo un héroe. Miembro del Partido
Comunista, de 31 años, trabaja en el sector turístico de
Varadero, tiene acceso a dólares y vive mucho más cómodamente
que otros.
"En la cuadra (barrio) tendremos fiestecita. Aquí Elián
se va a curar rápido", declaraba en Cárdenas, ciudad natal
del náufrago, Giralda Diaz Miliam, de 79 años, 27 nietos
y 24 tataranietos. Desde el comienzo de la crisis, la militancia castrista
recuperó munición política, reactivó fervores
revolucionarios desgastados y delegó en las juventudes del Partido
Comunista de Cuba (PCC) la dirección de una movilización
que no ha escatimado gastos y pretende abarcar a todos los sectores sociales.
"Fíjate que en las tribunas, aparte de Fidel, no han intervenido
dirigentes de la revolución, sino cuadros de las juventudes, de
periodismo o intelectuales", comenta un diplomático.
Por primera vez en 41 años, Washington y La Habana coinciden
en algo, en su oposición a la Fundación Cubano Americana,
al exilio más radical de Florida. La coincidencia, coyuntural de
momento, permite aquí abrigar esperanzas sobre negociaciones más
ambiciosas, entre ellas las referidas a la Ley Torricelli, cuyo objetivo
es fomentar los contactos y viajes para socavar la revolución desde
centro, y la Ley de Ajuste Cubano, aprobada por el Congreso Norteamericano
en 1966. Esta última facilita la concesión de la residencia
en EE UU a aquellos cubanos que logren pisar su suelo. La Habana considera
que contraviene los acuerdos migratorios bilaterales de 1994 y de 1995,
destinados a ordenar legalmente los flujos migratorios. Mientras, el anticastrismo
y sus aliados en el Congreso, que durante años han mantenido el
embargo a Cuba, encuentran dificultades para reforzarlo.
La Habana, además, se congratula de que los principales medios
de comunicación norteamericanos, especialmente The New York Times,
hayan defendido la entrega del niño a su padre, critiquen el extremismo
de Miami y difundan encuestas en las que la comunidad anglohispana y negra
secunda sus criterios. Por primera vez, los once millones de cubanos han
podido observar en directo una imagen poco edificante de las manifestaciones
del exilio, a compatriotas que ambicionan el liderazgo de una eventual
transición en la isla. Y la prolongada espera de Juan Miguel González
en Washington tiene también sus efectos. La prensa oficial proclama
que si de derechos humanos se trata, los del padre han sido vulnerados
desde el principio, y no escatima espacios para acentuar el griterío
y las divisiones anticastristas, el choque de "la mafia cubano-americana"
con el gabinete de Bill Clinton. "Si esto se jode, la gente ve que lo que
viene es eso y no creo que le guste mucho", opina una fuente oficial.
Otra de las consecuencias inmediatas del proceso, astutamente dirigido
por Fidel Castro las 24 horas del día desde el pasado 5 de diciembre,
es que las actividades de la disidencia han pasado a segundo plano. Sus
portavoces vivieron su mejor momento durante la Cumbre Iberoamericana de
noviembre, después de haber sido recibidos por presidentes o ministros
extranjeros, pero ahora aguardan acontecimientos, convencidos de que un
pronunciamiento en contra del Gobierno tendría efectos negativos.
"La mayoría de las agrupaciones disidentes están de acuerdo
en el regreso junto a su padre y abuelos", declaró Elizardo Sánchez
Santacruz, dirigente de uno de los grupos disidentes. En su opinión,
la disputa se hubiera evitado de existir relaciones normales entre Cuba
y EE UU.
La jerarquía católica de La Habana y Miami, cada una de
ellas acompañada por moderados y ultras, ha sostenido
frecuentes contactos sobre el caso, y discretamente, sin mucho ruido, defienden
que el balserito sea devuelto a su padre. "A Jaime lo han tratado
como un trapo en Miami, y aquí le acusan de no haber pronunciado
con diligencia a favor del regreso del niño", señala una
fuente eclesial. El silencio del Vaticano, después de haberse manifestado
partidario del ex dictador chileno Augusto Pinochet, molestó al
Gobierno de Castro, cuyas relaciones con la curia han sufrido una retroceso
desde la visita del Papa a Cuba hace dos años.
El abogado de Clinton
Los aspectos de la crisis son muchos. El abogado norteamericano del
padre, Gregory Graig, es otro elemento importante. No es gratuito que quien
fuera defensor del presidente Bill Clinton en el caso Lewinsky sea
ahora asesor de Cuba. Viajó el pasado 5 de julio a la capital cubana
para comunicar que el viaje de Juan Miguel González a EE UU era
imprescindible para continuar con su defensa. Se entrevistó, entre
otros, con Castro, con el vicario general de La Habana, Carlos Manuel de
Céspedes, y con González; intercambió impresiones
y mensajes sobre política y sobre la guerra fría entre
Cuba y Estados Unidos, y aceptó definitivamente el caso. "Habló
mucho con el padre y la causa le pareció ética", comenta
un funcionario. Independientemente del tiempo que lleve la conclusión
de un caso politizado por ambas partes, la causa le pareció ganada
a Fidel Castro desde el comienzo.
¿Quién no está de acuerdo en el mundo en que si un niño pierde a su madre, recupere al menos a su padre? Consciente de que muy pocos, el líder cubano encabezó una campaña de agitación nacionalista como no se conocía hace décadas, apeló al patriotismo y los sentimientos e introdujo una cuña sin precedentes entre el exilio y el Gobierno de Washington cuyas consecuencias están todavía por verse.
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