¿Una luz en el túnel?
MARIO VARGAS LLOSA
El autor de La fiesta del chivo comparte
la preocupación del Gobierno de Estados Unidos y otros países
democráticos ante la "burda comedia electoral" que prepara el presidente
Alberto Fujimori para ser reelegido en los comicios del próximo
domingo, pero no descarta la sorpresa: el ascenso del candidato opositor
Alejandro Toledo, un hombre de origen campesino y graduado en universidades
de EE UU que ha devuelto la ilusión por un Gobierno limpio a "grandes
masas de peruanos humildes". La última palabra, concluye el autor
de Conversación en la catedral, la tiene el Ejército,
donde ya hay sectores cansados del "autoritarismo y de las mentiras" del
régimen.
La mojiganga cuidadosamente prefabricada por la dictadura peruana desde
1996 para hacer "reelegir" por tercera vez al presidente Fujimori el 9
de abril en unos comicios amañados, ha comenzado de pronto a hacer
aguas. Si, pese a todo, el régimen que manipula desde la sombra
el todopoderoso y siniestro Vladimiro Montesinos, se empeña en perpetuarse
en contra de la mayoría de los electores peruanos mediante un fraude
descomunal, lo hará desafiando a la comunidad internacional de países
democráticos que -¡ya era hora!- se ha adelantado a advertirle
de las consecuencias que tendría el nuevo legicidio.
El 29 de marzo, en una iniciativa sin precedentes, el vocero de la Casa
Blanca, Joe Lockhart, denunció en Washington DC la falta de garantías
democráticas para que las elecciones presidenciales peruanas sean
"libres y justas" y apoyó a las numerosas organizaciones de observadores
y de derechos humanos -entre ellas, el Centro Carter, el Instituto Nacional
Demócrata, la Federación Internacional de Derechos Humanos
y hasta la misión de la OEA (Organización de Estados Americanos)-,
que, desde el terreno, han alertado contra la desembozada manipulación
y los múltiples atropellos cometidos por el régimen para
impedir que la voluntad popular de los peruanos sea respetada.
La víspera, en el Congreso de los Estados Unidos se presentó
una resolución bicameral (Senado y Cámara de Representantes),
sustentada por parlamentarios republicanos y demócratas, y apoyada
incluso por el presidente del Comité de Relaciones Exteriores, Jesse
Helms, y los senadores Patrick Leahy, Michael de Wine y Paul Coverdell,
expresando la preocupación del Congreso norteamericano por la falta
de "transparencia y equidad" de la actual campaña electoral y pidiendo
al presidente Clinton que advierta a Fujimori de que, si no hay elecciones
libres, Estados Unidos modificará sus relaciones económicas
y políticas con Perú, incluido su respaldo para créditos
ante instituciones financieras internacionales. Para quienes siempre hemos
creído que la mejor manera de apoyar la democracia en el Tercer
Mundo por parte de los Gobiernos democráticos era hostigando sin
cesar y en todos los campos a sátrapas, tiranuelos y bribones encaramados
en el poder, la inequívoca toma de posición de la Casa Blanca
y el Poder Legislativo de Estados Unidos contra la burda comedia electoral
cocinada por Fujimori y Montesinos para perpetuarse en el poder es ejemplar,
y ojalá sea pronto imitada por la Unión Europea y demás
países democráticos del mundo.
Aunque en los últimos tiempos, tanto en Estados Unidos como en
Europa occidental, los medios habían ido dando a conocer los desafueros
perpetrados por el régimen peruano para asegurarse una ilegítima
victoria electoral -desde la captura de estaciones televisivas, prohibición
de hacer propaganda aún pagada a los candidatos de oposición
por los canales de señal abierta, inmundas campañas de descalificación
de opositores utilizando todo el aparato mediático administrado
o avasallado por el Gobierno, hasta la deposición de magistrados
no serviles y hostigamiento y chantajes para silenciar a los críticos-,
dos escándalos recientes han tenido un eco decisivo en la opinión
pública de Estados Unidos sobre la naturaleza del régimen
peruano. La primera fue la denuncia, por algunos de los propios falsificadores,
de casi un millón de firmas falsificadas en los padrones de Perú
2000 para inscribir la candidatura de Fujimori, y aceptadas dócilmente
por las autoridades electorales, en un delicioso anticipo de lo que puede
ocurrir con el contenido de las ánforas el 9 de abril. Y, la segunda,
que el Gobierno enviara a Washington, como testigo de descargo en uno de
los procesos contra el Estado Peruano ante la Comisión de Derechos
Humanos de la OEA, al mayor Ricardo Anderson Kohatsu, un connotado miembro
de los escuadrones terroristas de Vladimiro Montesinos y torturador y violador
de Leonor la Rosa -actualmente exiliada en Suecia-, la tetrapléjica
cuyo martirio en los sótanos del Pentagonito peruano han divulgado
por el mundo entero muchas organizaciones de derechos humanos. En un acto
en el que es difícil medir dónde termina la vileza y dónde
empieza la estupidez, el canciller de la dictadura, Trazegnies, salvó
al esbirro, otorgándole un estatuto diplomático, de las manos
del FBI, que lo había capturado en el aeropuerto de Huston. La prensa
norteamericana comenzó así -con cierto retardo, es verdad-
a dar cuenta de la verdadera realidad peruana.
Sin embargo, por sí sola, la presión internacional no
ha sido nunca suficiente para impedir un fraude electoral, y menos aún
para poner fin a un régimen autoritario, a menos que ella acompañe
una resuelta movilización popular a favor de la democratización
en el interior del propio país. Y eso está ocurriendo en
Perú en las últimas semanas de una manera que ha sorprendido
a todo el mundo, empezando por el propio régimen, que, en la misma
puerta del horno, cuando creía tener el pastel listo, advierte de
que está rodeado de llamas y empezando a chamuscarse. Su desesperación
lo lleva a cometer excesos y torpezas que lo ponen cada día más
en evidencia.
La sorpresa tiene una espléndida cara de indio, una biografía
tan estupenda para un candidato presidencial peruano que parece salida
de un guión cinematográfico, una mujer que es un verdadero
lujo, y un nombre sonoro y afilado como una espada: Alejandro Toledo. Era
el underdog, la última rueda del coche, entre los candidatos
de la oposición, y hasta hace muy poco figuraba apenas con uno o
dos por ciento entre las preferencias electorales, en unas (muy discutibles)
encuestas, en las que el ingeniero Fujimori parecía tronar como
un dios olímpico. En efecto, la "guerra sucia" feroz llevada a cabo
en periódicos, radios y canales por el ejército de cacógrafos
al servicio de Vladimiro Montesinos parecía haber enterrado literalmente
bajo una montaña de insultos y calumnias a los dos principales candidatos
de oposición, enmudecidos por la imposibilidad de acceder a la televisión
para responder a los cargos: el alcalde de Lima, Alberto Andrade, y el
ex jefe del Seguro Social, Luis Castañeda Lossio. Y he aquí
que, de la noche a la mañana, empezando por las barriadas más
humildes de las ciudades y las aldeas más alejadas de los Andes,
de pronto, como obedeciendo a una misteriosa consigna solidaria, la candidatura
del inexistente Alejandro Toledo empezó a subir como la espuma,
a trepar y saltar como un gamo, y con ímpetu tan arrollador que
ni las más gobiernistas encuestadoras pudieron ocultarlo. ¿Era
ya demasiado tarde para que el aparato represivo reaccionara y arrollara
al insolente a cañonazos de pestilencia? Por lo visto, sí.
Aunque la prensa bribona y el oficialismo se han desencadenado contra él
echando espumarajos de veneno y hiel, todo indica que, en vez de mermarla,
las infamias que le echan encima aumentan su popularidad, pues así
lo consignan todos los corresponsales extranjeros que se hallan en Lima
para cubrir las elecciones.
Por lo demás, yo, aquí, en Europa, a 10.000 kilómetros
de distancia, lo percibo cada día, en las infinitas llamadas, cartas,
faxes, e-mails, que me llegan de allá, de amigos, parientes,
conocidos y hasta desconocidos, remecidos hasta los tuétanos con
lo que está pasando, y en los que veo renacer una esperanza, una
ilusión, y hasta esperar un milagro. Todos saben que las elecciones,
en las actuales circunstancias, son una pura farsa que, probablemente,
los resultados ya están desplegados en los sótanos de Montesinos,
y que ahora corresponde al Ejército, que el capitán de marras
ha puesto a su servicio, y que tiene el control de las elecciones, hacer
que los votos del 9 de abril coincidan con lo programado por el amo. Pero,
pese a todo ello, confían en que el huayco (la avalancha)
a favor de Toledo sea tan abrumador, tan masivo, que la prolija maquinaria
de embauque quede atascada o salte por los aires. "¿No ocurrió
en 1990?", me dicen. "¿No ganó la elección, contra
todas las predicciones, el 'chinito' disfrazado de indio montado en un
tractor, por el que nadie daba ni medio?". Sí, las ganó,
pero en 1990 había en Perú un Gobierno democrático,
y ahora hay un régimen autoritario, trufado de asesinos, ladrones
y pícaros dispuestos a cualquier cosa con tal de no soltar la mamadera.
No tiene nada de raro que grandes masas de peruanos humildes y marginados
se hayan ilusionado con la figura de Alejandro Toledo, pese a lo precario
de su candidatura, que, por ejemplo, carece de la solidez del programa
de Gobierno y los equipos con que cuenta la de Alberto Andrade. Pero la
historia de Toledo es de las que encandilan la imaginación. Nació
hace 54 años en los Andes norteños, en una familia campesina,
uno entre 16 hermanos de los cuales murieron 7. En su infancia fue lustrabotas,
pero la pobreza no le impidió estudiar y trabajar al mismo tiempo,
y ganar premios, becas, y llegar a Estados Unidos, donde, gracias a su
empeño y buenas notas, se graduó primero en la Universidad
de San Francisco, y luego se doctoró, por uno de los más
prestigiosos centros académicos del mundo: Stanford. Fue, luego,
funcionario de la ONU, del Banco Mundial, de la OIT en Ginebra y de la
OCDE en París. Ha enseñado en diversas universidades y por
un tiempo fue investigador asociado en Harvard. No se pueden pedir mejores
credenciales, desde luego.
Pero, acaso, la credencial que más simpatías le ha ganado
entre el pueblo peruano sea la mujer con la que se casó, cuando
era estudiante en Estados Unidos: la "gringuita" antropóloga Eliane
Karp. Judía belga-polaca, hija de resistentes antinazis, habla ocho
idiomas, incluido el quechua de los Andes, y ha pasado varios años
trabajando en programas de desarrollo del Banco Mundial y de USAID en las
comunidades indígenas de la sierra del centro y del sur del Perú.
Es, además de simpática y capaz, una magnífica oradora
y todas sus presentaciones entusiasman al público.
¿Tiene de veras alguna posibilidad Toledo, armado sólo
con su creciente popularidad, de ganar las elecciones peruanas, imponiéndose
al poderoso engranaje de ambauque ya montado por Fujimori y Montesinos?
Va a depender en gran parte del Ejército, al que compete la responsabilidad
de velar por la "pureza" de los comicios. Naturalmente, las Fuerzas Armadas
fueron la primera institución en ser purgada por el régimen
-es decir, por Montesinos- de los oficiales constitucionalistas, indóciles
a sus consignas, o simplemente honestos. Sus compinches fueron instalados
en los puestos de mando y desde entonces una pequeña mafia adicta
al hombre fuerte dirige la institución militar. Sin embargo, este
sistema humilla y frustra a incontables oficiales, que ven cerradas sus
puertas de ascenso, debido al favoritismo, que ha reemplazado a toda otra
consideración dentro de la institución. La esperanza de gran
número de peruanos es que este sector -el menos manchado y el más
profesional de las Fuerzas Armadas- actúe con independencia y desbarate
las consignas de fraude, salvando así al país y a las Fuerzas
Armadas del aislamiento y la hostilidad que inevitablemente les acarrearía
un acto de fuerza para alterar el resultado electoral. Hace pocos días
se dio a conocer en Lima un comunicado de un grupo de coroneles que se
proclaman opuestos a la reelección y al fraude, que ha atizado aquellas
esperanzas de cambio. Espero que estos coroneles existan, espero que lo
que dicen sea cierto, espero -contra lo que me dice la razón- que
el 9 de abril el pueblo peruano empiece a salir por fin del pozo de mentiras,
demagogia, servilismo y abyección en que está sumido desde
el 5 de abril de 1992.
© Mario Vargas Llosa, 2000.
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