En Venezuela se piensa que los nuevos empresarios españoles que
han llegado a ese país en los últimos 10 años destacan
por su audacia, arrojo, conocimientos y confianza en el potencial del país,
pero también por su tacañería, arrogancia, aires de
superioridad y cierta actitud neocolonial que inevitablemente remite a
un pasado histórico común. A principios de la década
de los noventa, la llegada de la inversión española se caracterizó
por apostar fuerte en los momentos de crisis política y económica,
justo cuando nadie daba un duro por Venezuela.
Los venezolanos se quejan de la reducción de personal bancario
-el capital español controla más del 50% del sector a través
de los bancos Venezuela y Provincial-, del encarecimiento de las operaciones,
de los altos tipos de interés, bajos sueldos y largas colas que
deben hacer los clientes en las entidades. En 1999, la banca despidió
a 10.000 empleados. Una gerente de una agencia bancaria española
regional, que pidió no identificar su nombre por temor al despido,
gana la miseria de 380 dólares mensuales (66.800 pesetas), a pesar
de la responsabilidad que lleva sobre sus hombros.
Han pasado cuatro años desde que la línea de bandera venezolana,
Viasa, adquirida por Iberia a principios de los noventa, fuese liquidada
y borrada del mapa. Los venezolanos han olvidado poco a poco que tuvieron
alguna vez una aerolínea nacional, pero no a los responsables de
ese fracaso, una mancha lejana de la inversión española.
Brasil, otro de los destinos preferidos de la inversión española,
es un caso aparte. En la antigua posesión portuguesa se ve a los
españoles como otros extranjeros más, a pesar de las semejanzas
de lengua y cultura: el idioma español pasa a ser obligatorio en
las escuelas públicas a partir de este año, y las clases
más intelectualizadas devoran cada vez más el cine de Carlos
Saura y Pedro Almodóvar.
Iberdrola, por ejemplo, controla el 33,5% de toda la energía
eléctrica distribuida por las regiones norte y noroeste del país,
con más de cinco millones de consumidores. YPF-Repsol, a su vez,
está asociada a la estatal Petrobras, la mayor empresa brasileña.
Desde 1997, Volkswagen-Brasil vende modelos originarios de Seat, y entre
los 10 principales bancos privados de Brasil se encuentran el BSCH y el
BBVA. Una presencia impresionante, reflejo del esfuerzo inversor español
en el país brasileño, donde se ha situado en segundo lugar
después de EE UU.
Pero fuera de los medios directamente interesados, es decir, el Gobierno,
las bolsas de valores y las empresas brasileñas cuyo control ha
sido asumido por sociedades españolas, esa verdadera invasión
hispana, todavía no ha llegado a la conciencia del consumidor medio.
La única excepción ha sido Telefónica. Dueña
del principal mercado de telecomunicaciones de América Latina, la
empresa tuvo un estreno tan desastroso que las heridas todavía no
han cicatrizado. Cosechó el récord absoluto de reclamaciones
de consumidores en 1998 y 1999, aunque ahora la situación está
siendo reconducida.
Otro caso atípico de la inversión española en América
Latina se encuentra en Cuba. La isla caribeña con el mantenimiento
del sistema socialista se ha ganado el embargo económico de EE UU,
que no para de incordiar a las empresas extranjeras que se deciden a hacer
negocios con La Habana.
Quizá por ello, y a diferencia de otros países americanos,
la mayoría de las empresas españolas presentes allí
son de tamaño pequeño o mediano o se trata de negocios casi
familiares, que en gran medida dependen de sus intereses en la isla.
España es líder indiscutible en el sector turístico.
Tanto en la inversión y construcción de hoteles como en la
administración de instalaciones turísticas. En el sector
inmobiliario, Argentaria fue pionera con la remodelación de la Lonja
del Comercio. Le siguió Esfera 2000, que ha construido 175 apartamentos
en la zona de Miramar y se propone ampliar sus inversiones. Otros grupos
importantes con inversiones son Tabacalera, Aguas de Barcelona, el BBVA,
Banco de Sabadell y Caja Madrid.
Toda esta maraña de intereses y pequeñas y medianas empresas
e inversiones hace que el español esté muy presente en Cuba.
¿Cómo es visto? En principio con simpatía. Cuba es,
quizá, el país latinoamericano que más quiere a España
por razones históricas y por cuestiones de carácter. Los
cubanos prefieren trabajar con un empresario español que con uno
de cualquier otro país. El empresario español llega y se
relaciona con los cubanos, sale a tomar copas con ellos, se mezcla, se
casa. A esto se suma que los españoles dan dólares por debajo
de la manga a sus empleados, pues debido a las normas restrictivas de la
legislación los nativos sólo pueden cobrar en pesos.
Sin embargo, en no pocas ocasiones a los españoles se les ve
con cierto prejuicio, ya que son los que viven bien y "gozan", mientras
que los cubanos no pueden siquiera hospedarse en un hotel. Algunos españoles
hacen ostentación de sus privilegios y tratan a la gente con prepotencia,
y otros engañan a particulares e instituciones haciéndose
pasar por "potentados", cuando en realidad son caraduras. El extranjero
es visto como un nuevo conquistador, pero los cubanos prefieren que éste
sea español.
Por último, en México la presencia española es
creciente y multimillonaria, y pasa más inadvertida porque no pudo
entrar en los teléfonos o en las líneas áreas, aunque
lo ha hecho en los aeropuertos. Los ejecutivos destinados a gestionar bancos
mexicanos no aparecen en las ventanillas, pero su opinión es requerida
por la prensa por su solvencia y la fuerza de las entidades a las que pertenecen.
Los españoles malhumorados, aquellos que tiran el cambio sobre
el mostrador en lugar de depositarlo en la mano del cliente con una sonrisa,
permanecen sin embargo en la memoria de quienes trataron a los emigrantes
del pasado, dueños después de cantinas, comercios de telas
o ultramarinos, y también de grandes y prósperas empresas.
Los republicanos de la guerra civil, la diáspora de Franco, no
tienen sino palabras de agradecimiento hacia México y celebran su
convivencia con técnicos y empresarios de nuevo cuño. El
resentimiento, el ataque al gachupín es aleatorio, de sube y baja,
prácticamente inexistente si hay respeto y mesura mutuas en el debate.
Se torna violento con el tequila y la defensa a ultranza de la conquista
o el indigenismo. La reflexión de un directivo español con
20 años de residencia en México resume y sirve, quizá,
para toda América Latina. "Méxicos hay muchos, pero el México
de la mayoría, no el de los despachos y ministerios, nos ve como
un extranjero más, como un extranjero que, curiosamente, habla un
idioma parecido al suyo".
El observatorio del Gran Buenos Aires
El Gran Buenos Aires es un buen observatorio para intentar analizar
cómo ven a las empresas españolas sus nuevos clientes del
otro lado del Atlántico. Los teléfonos, la luz eléctrica,
el agua o el gas son suministrados por compañías de la madre
patria.
Armando Mangieri, de 62 años, contable, reside en Avellaneda,
Gran Buenos Aires, pero tiene despacho propio en la capital federal. Es
considerado por Telefónica como un usuario de alto consumo, por
lo que suma un puntaje y recibe premios que considera "ridículos".
"La última vez me mandaron dos entradas para un partido amistoso
de la selección argentina sub-23, que recibí el día
anterior al partido; es ridículo. A cambio preferiría que
me atendieran mejor. Que no deriven la tarea a terceros, porque esos terceros
envían a técnicos que no se hacen responsables. Los aparatos
que vende Telefónica son de baja calidad y nada justifica el aumento
de tarifas que se ha producido. Pero el caso más escandaloso es
el de Edesur, la proveedora de energía eléctrica, que cobra
un 10% mensual a los que no pueden pagar al término del primer vencimiento
de la factura. Eso es usura. Además, se siguen produciendo cortes
de electricidad. La verdad es que los servicios han mejorado, pero a un
coste increíble. Y la responsabilidad no es sólo de las empresas,
también es del Estado argentino. Las privatizaciones se hicieron
sin debate y bajo la administración de funcionarios que hoy son
considerados como símbolos de la corrupción del anterior
Gobierno. Esos contratos favorecen a las empresas y los organismos de control
sólo pueden aplicar multas que no afectan a la facturación.
En ningún otro lugar del mundo las empresas españolas ganan
tanto dinero como aquí".
Unas críticas más matizadas son las que expresa Nilda
Bongiovanni, de 34 años, abogada, residente en la capital federal.
"La verdad es que yo estoy muy conforme con los gallegos de Telefónica.
Para mí el teléfono es un servicio esencial y no puedo olvidarme
de los cortes periódicos que sufríamos cuando la empresa
era del Estado. Ahora es un servicio más caro, pero me parece que
estamos pagando la seguridad de que la línea funciona siempre y
de que la empresa responda de inmediato cuando hay algún problema.
Ahora que Telefónica y Telecom compiten entre sí, yo elegí
quedarme con Telefónica. En cuanto al servicio de luz también
debo reconocer que no he sufrido los tremendos apagones que fueron responsabilidad
de Edesur. El coste del agua por metro cuadrado y no por consumo real es
una herencia de la antigua empresa del Estado. Creo que la administradora
del servicio debería invertir para proveer a todos los usuarios
de un medidor, como el de la energía eléctrica. Los usuarios
acusamos de todos los males a las empresas, pero aquí el Estado
se ha librado totalmente de su responsabilidad y, por tanto, estamos sin
defensa. No hay competencia y nadie se anima todavía a afrontar
el coste de una demanda contra las empresas. Pero eso seguramente se va
a dar con el tiempo".
Alba Hontoria, de 82 años, pensionista, reside en Sarandí,
Gran Buenos Aires, y mantiene una posición intermedia entre las
dos opiniones anteriores. "Mire, no sé qué decirle. El teléfono
ahora anda, pero no lo puedo usar porque es caro. Antes los jubilados teníamos
un descuento muy importante, pero desde que son privados pagamos el abono
como todos y desde entonces sólo lo uso en caso de emergencia. Espero
que me llamen mis hijos y me imagino lo que deben gastar ellos. Con la
luz, el agua y el gas es igual, yo uso lo menos posible todo. Imagínese,
cobro 200 pesos de jubilación (unas 33.000 pesetas) y con eso tengo
que pagar todo, el alquiler, el agua, la luz, el gas, todo. Diga que mis
hijos son tan buenos...".
María Rosa Luisa Stoppani, de 62 años, empleada en el
Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, reside en el norte de la ciudad
y no oculta su oposición a las privatizaciones de los servicios
públicos. "Yo no tengo servicio de Telefónica ni Edesur porque
dividieron la ciudad y el país en dos y yo quedé del otro
lado, donde dan servicio Edenor y Telecom, pero creo que los españoles
tienen algo que ver con Aguas Argentinas y con el gas; la verdad es que
no sé. La mayoría de los usuarios sólo considera española
a Telefónica. Creo que todos pensamos más o menos lo mismo,
no importa cuál sea la empresa. Estamos indignados desde que se
empezó a denunciar la forma en que se privatizaron todas las empresas
y también por la forma en que el Estado nos entregó como
clientes
rehenes. Aquí nunca hubo competencia, se aumentaron los precios
sin que mejoraran los servicios, todo es más caro y no hay posibilidad
de defensa. Los organismos estatales de control parecen estar a favor de
las empresas y todavía no hay una organización que defienda
a los usuarios. Cuando eso suceda, las empresas habrán ganado tanto
dinero que ya nada les importará".
Peor lo tiene Mel, de 38 años, boliviano, obrero de la construcción,
que ocupa una chabola en una villa miseria cercana a la capital
federal. "No, luz no tenemos y el agua hay que ir a buscarla a una canilla
(grifo). La única luz que llega allí es la de algún
cable pinchado del que a veces nos colgamos hasta que vienen y lo
cortan. Tampoco hay teléfonos públicos cerca del barrio.
Los ponen lejos. A nosotros, los de la villa, no nos quieren para
nada. Todos soñamos con salir de ahí. Yo me vine de Bolivia
porque allá estábamos peor. Acá, con una changa
(trabajo para dos o tres días), yo gano más, pero igual no
da para vivir y mandar algo a los parientes, para salir de la villa...".
Con informaciones de Juan Jesús Aznárez
(Ciudad de México), Eric Nepomuceno (Río de Janeiro), Francesc
Relea y Carlos Ares (Buenos Aires), Mauricio Vicent (La Habana) y Ludmila
Vinogradoff (Caracas).
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